El 2 de octubre de 1968 marcó un antes y un después en los movimientos estudiantiles de México.

A pocos días de los Juegos Olímpicos en nuestro país, se llevaban a cabo una serie de protestas estudiantiles en contra del régimen.

Después de una reunión de dos horas entre los representantes del Consejo Nacional de Huelga (CNH), Gilberto Guevara Niebla, Luis González de Alba y Anselmo Muñoz, el rector Javier Barros y los representantes presidenciales, Andrés acaso y Jorge de la Vega Domínguez; el CNH informa que las negociaciones fueron favorables y continuarán con el mitin en la Plaza de las Tres Culturas, pero será suspendida la manifestación hacia Casco de Santo Tomás por considerarla peligrosa.

El mitin da comienzo, la multitud no sólo se conformado por estudiantes, sino también por padres de familia, niños, vecinos y más. En el tercer piso del edificio Chihuahua, esperaban periodistas nacionales y extranjeros, así como los oradores estudiantiles.

En punto de las 18:10 horas, caen dos luces de bengala, una roja y una verde, junto a la iglesia de Santiago Tlatelolco, de uno de los dos helicópteros que sobrevolaban la plaza.
La señal fue entendida y una columna de soldados avanza hacia la plaza a través de las ruinas prehispánicas que se encuentran a lado de la concentración. Sócrates Amado Campos Lemus, uno de los líderes del CNH, grita en el micrófono: “¡Calma, compañeros, no corran, es una provocación!”, instantes más tarde se oyen detonaciones de arma de fuego.

El fuego intenso duró media hora y el resultado fueron “cientos de muertos, miles de heridos, miles de detenidos, cientos de presos políticos más”, pero 50 años después, se desconoce el número real de víctimas.

Jóvenes vestidos de civil, de cabello corto, sin documentos de identificación y con un guante o pañuelo blanco en la mano izquierda –que integran el Batallón Olimpia– son quienes disparan hacia la plaza, apostados en las azoteas de los edificios, mientras otros de sus compañeros se dedican a someter, a punta de pistola, a los que encabezaban el mitin y a otros miembros del Consejo Nacional de Huelga.

El tiroteo desencadena varios incendios en distintos pisos de ese mismo edificio y perfora los tinacos y las tuberías, de tal modo que el agua empieza a escurrir y a inundar algunos departamentos.

Conforme la noche cae, los disparos se van espaciando cada vez más, pero no cesan del todo. Los soldados peinan la zona (incluso ingresan por la fuerza en muchos departamentos de la unidad habitacional) en busca de más estudiantes y miembros del CNH. La Unidad Nonoalco-Tlatelolco, sin luz y sin servicio telefónico, permanece acordonada por el Ejército.

Los heridos son trasladados por las ambulancias a diferentes hospitales. En la Plaza de las Tres Culturas y entre las ruinas prehispánicas se aprecian manchas de sangre, bolsos de mujeres, zapatos desperdigados y prendas de vestir también ensangrentadas.

A las 23 horas, cuando un grupo de detenidos es sacado de la zona por la parte posterior del Antiguo Convento de Santiago Tlatelolco, estalla una nueva balacera entre francotiradores y soldados.

El saldo de muertos y heridos no ha sido aclarado; la Comisión Nacional de Derechos Humanos ha declarado que es una situación que aún no ha sido solucionada; pocos fueron los sobrevivientes y aún declaran que fue el estado.

Los movimientos estudiantiles continúan surgiendo en México, la represión gubernamental también; entonces, después de 50 años de aquella terrible noche, ¿podríamos decir que el 2 de octubre no se olvida?

Con información de: Gaceta UNAM

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