Es uno de los debates extraliterarios más interesantes alrededor de Lolita: qué hacer con las cubiertas de sus libros. El imaginario que rodea a la célebre novela de Vladimir Nabokov siembre ha sido dotado de colores-chicle, de modelos huesudas, de niñas que se exhiben con poses provocativas y de metáforas sexuales algo hiperglucémicas.

Aunque estas imágenes puedan gustarnos estéticamente—su toque kawaii, su tierna belleza, su lectura empoderadora para la preadolescente, su posibilidad de interpretarse como la expresión sexual de ella y no como una provocación a la mirada de ese adulto que se ocupa de oprimirla—, lo cierto es que, mal miradas, pueden confundir al lector más distraído. Ese vestido rosa. Esas flores y fresas tan vivas. Esas miradas seductoras de seres mágicos evocan una picardía falsa en la novela de Nabokov. Fue el mismo autor quien en repetidas ocasiones se quejó de la objetualización a la que se había llevado a esa niña. Fue él quien incluso insinuó, en el rodaje de la primera adaptación al cine de su obra, que no quería a una preadolescente atractiva como protagonista, sino a una verdadera niña, para que el horror de los actos de Humbert Humbert fuera más evidente para el espectador.

No hubo manera. Ella se le escapó. Lolita ya tenía vida propia más allá de su libro. Ya no era la joven triste que moría dando a luz. Ya no era la joven mancillada en la casa del pornógrafo. Ni la pobre huérfana de padre y madre. Ni la adolescente que descubrió el amor en un campamento de verano. Ni tampoco la chica del montón que obsesionó a su narrador. Lolita era otra cosa. Era un icono. Una imagen de purpurina a la que interpretaríamos de mil maneras. Una estrella pop. Un mito de la modernidad. Un objeto para los coleccionistas de su tragedia.

Pero entonces, si todo estaba pactado con el diablo; si los lectores nos habíamos convencido de que ya no había “ningún problema” en que las cubiertas de la obra de Vladimir Nabokov no fueran un reflejo exacto del contenido de la novela sino más bien el dibujo desenfocado, pervertido y golosinizado de uno de sus personajes, ¿por qué la editorial Anagrama ha decidido cambiar de imagen en 2018? ¿Por qué en las reediciones futuras de Lolita no nos encontraremos con una Sue Lyon lamiendo su piruleta roja? ¿Qué quiere decir este cambio de look del imaginario nabokoviano? ¿Qué significa la nueva dirección de arte en la #BibliotecaNabokov?

Para Jorge Herralde, fundador de dicha editorial, “el objeto de estas bibliotecas es obviamente proponer de nuevo a estos grandes autores, con características gráficas más específicas, para nuevos posibles fans, la mayoría millenials, claro (o fetichistas completistas)”. En el caso de la biblioteca de Vladimir Nabokov, para conseguir tal fin la editorial ha contado con los servicios de la empresa de diseño barcelonesa Compañía (Lookatcia) encargada además de rejuvenecer y dar continuidad estética a esta y otras colecciones de autor de la casa (la de Carmen Martín Gaite, la de Ian McEwan, la de Patricia Highsmith).

Fue Silvia Sesé, actual editora del sello, quien encargó a Compañía el reto de revisar la colección de Vladimir Nabokov. Según cuenta a PlayGround uno de los impulsores de la empresa, Armando Fidalgo, este reto siempre fue doble. Por un lado, suponía mantener la línea estética de la mítica colección de los Compactos de Anagrama. Por otro, les obligaba a hacer una relectura de un autor clásico. Un autor ampliamente revisitado, versionado y publicado a lo largo del último siglo. Para Fidalgo, la elección de una ilustradora como Henn Kim para estas portadas tenía mucho sentido: “ella representa una identidad femenina muy contemporánea, una sensualidad que congeniaba con las protagonistas y los personajes de Nabokov”.

En las ilustraciones de Henn Kim hay una actitud muy marcada: atrás quedó la provocación y el azúcar, sus dibujos muestran a mujeres y a niñas capaces de sufrir y decir que sufren, capaces de amar y decir que aman, y capaces de desenvolverse en un mundo que está hecho en parte de magia y en parte de crueldad. Y así, la nueva imagen de la icónica Lolita rosa que durante décadas había presidido las portadas de Anagrama y nuestro imaginario se tenía que convertir sí o sí en esa otra chica sin rostro y en bañador negro, en ese gesto sufriente, en ese ánimo dolorido, en esa niña con un metal atravesándole el pecho, pero esperando a que alguien le dé cuerda.

Se ha debatido mucho sobre cómo representar esta obra. Sobre cómo embellecerla sin sexualizarla o confundir sus intenciones. Resulta curioso ver cómo más de sesenta años después de su publicación se siguen imaginando nuevos trazos para ella. Cómo en esta reedición del clásico la opción ganadora fue la de una joven artista que dibuja desde la crítica, pero también desde la pasión, desde el feminismo y desde el humor. Y eso es importante, quizá porque como nos recuerda Jorge Herralde, citando a su vez unas palabras del poeta W. H. Auden, lo que creó Nabokov “no es en absoluto pornográfico. Lolita es un divertidísimo libro de anagramas”.

Fuente: PlayGround

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